La modernidad y la posmodernidad han ido consagrando una serie de valores para la convivencia que no siempre han coincidido. Si el protocolo aristocrático imponía una máscara de buenas costumbres a las relaciones sociales, la Revolución impuso el citoyen, y los convencionalismos fueron más espontáneos. Luego vino aquello de que “los rojos no llevaban sombrero”[1] y el mayo del 68 puso al descubierto posmoderno lo hipócrita de las fórmulas de cortesía. La cortesía que podría considerarse la piedra de toque del funcionamiento de muchas sociedades (el paradigma más evidente es el japonés) cayó en el desprecio. Había que liberarse y la libertad consistió en ser espontáneo. Ser libre no sólo era hacer lo que uno quiere, sino justo lo que a uno se le apetece: fuera los sujetadores, debajo de los adoquines está la playa… En las relaciones socio-sexuales la sinceridad se convierte en un valor en alza. Si eres una persona tímida, si te lo piensas, es que ocultas algo. Simmel podría haber suscrito esto, y bendecirlo también. Precisamente el uso social del secreto consiste en que ocultamos una parte de nosotros mismos para hacer más factible la sociabilidad. Ahora, en cambio, la cortesía no queda más que como rito a derribar, una persona sin secretos, sin dobleces es sincera… Pero ser sincero sólo se convierte en cualidad cuando consiste en, valientemente, decir a la cara “las verdades”. Entendemos por “verdades” aquellas que duelen, las que “denuncian”. Nadie recibe la consideración de Sincero del Año, por realzar las virtudes de nadie, sino por publicar sus defectos. Sinceridad, espontaneidad, transparencia del yo. Una ecuación claramente posmoderna. Simmel seguramente resaltaría las virtudes de la opacidad de un yo translucido, cortés y preocupado de la impresión que podemos impactar en los demás. La sinceridad es la virtud sobrevalorada.
[1] Formaba parte de una campaña de posguerra para aumentar el uso del sombrero
martes, 12 de enero de 2010
El método científico, el doctor House y las metáforas cognitivas
He de reconocer que soy un gran aficionado a la serie de televisión protagonizada por el doctor más grosero de todos los que aparecen en la pequeña pantalla (me da la impresión de que en la realidad, los hay mucho, mucho más bordes). La estructura de cada capítulo es muy similar. Viene un caso, House propone una hipótesis, se realizan pruebas que complican la situación del paciente, y por último llega la solución.
Esto es el paradigma del método científico. Una hipótesis que se contrasta con unas pruebas, que pueden dar un resultado positivo –y curan al enfermo-, o negativo, en cuyo caso debe seguir la investigación con otra hipótesis. Popper estaría orgulloso.
Pero, además de parecerse más a una serie de detectives que a un laboratorio real, la serie muestra algunos otros puntos interesantes. Para empezar, la hipótesis de partida suele ser bastante común, no supone un riesgo, y por razones dramáticas, suele equivocarse. Después llega el clímax de suspense, y House logra sacar una idea genial.
¿Cómo lo consigue? Hay dos formas, la primera es que, para explicar los síntomas a su equipo, utiliza una metáfora: “es como si el ejército invasor atacara los bichos del hígado”. Y gracias a esa metáfora consigue adivinar la respuesta. Es lo que se ha dado en llamar el uso cognitivo de la metáfora. La metáfora es la manera que tenemos los humanos de explicar el mundo. Cuando Newton habla de fuerza de la gravedad, está, ni más ni menos, que utilizando una metáfora: ¿hace la tierra un esfuerzo para atraer a la manzana? ¿le guiña el ojo para que caiga? ¿se pone un picardías…? Es una metáfora.
Otras veces, House no logra llegar a ninguna parte con la metáfora, y por una razón trivial: un partido en la tele, un tanguita de una chica… cambia de metáfora y da con el resultado del enigma. Es el típico cambio de paradigma de Kuhn. Otra metáfora, que es incompatible con la anterior, es la que realmente explica la enfermedad, los síntomas y la duración.
La utilización cognitiva de las metáforas tanto en la ciencia como en el lenguaje común tiene horizontes insospechados. Seguiremos informando.
Esto es el paradigma del método científico. Una hipótesis que se contrasta con unas pruebas, que pueden dar un resultado positivo –y curan al enfermo-, o negativo, en cuyo caso debe seguir la investigación con otra hipótesis. Popper estaría orgulloso.
Pero, además de parecerse más a una serie de detectives que a un laboratorio real, la serie muestra algunos otros puntos interesantes. Para empezar, la hipótesis de partida suele ser bastante común, no supone un riesgo, y por razones dramáticas, suele equivocarse. Después llega el clímax de suspense, y House logra sacar una idea genial.
¿Cómo lo consigue? Hay dos formas, la primera es que, para explicar los síntomas a su equipo, utiliza una metáfora: “es como si el ejército invasor atacara los bichos del hígado”. Y gracias a esa metáfora consigue adivinar la respuesta. Es lo que se ha dado en llamar el uso cognitivo de la metáfora. La metáfora es la manera que tenemos los humanos de explicar el mundo. Cuando Newton habla de fuerza de la gravedad, está, ni más ni menos, que utilizando una metáfora: ¿hace la tierra un esfuerzo para atraer a la manzana? ¿le guiña el ojo para que caiga? ¿se pone un picardías…? Es una metáfora.
Otras veces, House no logra llegar a ninguna parte con la metáfora, y por una razón trivial: un partido en la tele, un tanguita de una chica… cambia de metáfora y da con el resultado del enigma. Es el típico cambio de paradigma de Kuhn. Otra metáfora, que es incompatible con la anterior, es la que realmente explica la enfermedad, los síntomas y la duración.
La utilización cognitiva de las metáforas tanto en la ciencia como en el lenguaje común tiene horizontes insospechados. Seguiremos informando.
El Estado como educador
Esto de estudiar tiene sus ventajas. Aprende uno mucho. De la vida y de sus peligros. Un ejemplo es la polémica sobre la Educación para la Ciudadanía, que si Dios quiere tendré que impartirla el año que viene (¡y entonces me mandará al infierno!). Pues bien, acabo de leer un texto interesantísmo que me gustaría compartir.
¡Una cosa es determinar por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc. y velar por el cumplimiento de estas prescipciones legales mediante inspectores del Estado, como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del Gobierno!
Totalmente de acuerdo, Fede, el Gobierno no debe intervenir en estas cosas. Ya lo han anunciado los obispos oficialmente. El Estado no puede suplantar a la sociedad como educador de la conciencia moral. Los padres no podemos permitirlo.
El problema, o la gracia, según se mire, es que el texto de arriba no lo ha escrito Federico Jiménez Losantos, sino un Fede distinto, Frederic Engels, o su amigo Karl Marx. Pertenece a la Crítica al programa de Gota y termina
Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia!
Da la impresión de que la Iglesia ataca al Estado confundiendo varias cosas. Por un lado, Gobierno y Estado. Y por otro lado confundienco una asignatura con no sé qué, porque no me ha quedado claro qué es lo que critican de la materia. Del resto sí, que quieren seguir nombrando y controlando, despidiendo y contratando a su antojo a los profesores de religión, pero pagando todos los españoles. No voy a entrar en el laicismo que debe tener la enseñanza pública, ni en el lío de la concertada, pero sí en las críticas a la misión moralizadora. La Iglesia acusa al Estado de quererse arrogar un derecho de las familias. Si las familias son las educadoras morales, ¿qué tienen los obispos que decir? Los obispos no tienen familias. ¿Por qué hablan en nombre de ellas?
El Estado no debe educar moralmente, debemos hacerlo nosotros, los curas. Ea, ahí queda.
¡Una cosa es determinar por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc. y velar por el cumplimiento de estas prescipciones legales mediante inspectores del Estado, como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del Gobierno!
Totalmente de acuerdo, Fede, el Gobierno no debe intervenir en estas cosas. Ya lo han anunciado los obispos oficialmente. El Estado no puede suplantar a la sociedad como educador de la conciencia moral. Los padres no podemos permitirlo.
El problema, o la gracia, según se mire, es que el texto de arriba no lo ha escrito Federico Jiménez Losantos, sino un Fede distinto, Frederic Engels, o su amigo Karl Marx. Pertenece a la Crítica al programa de Gota y termina
Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia!
Da la impresión de que la Iglesia ataca al Estado confundiendo varias cosas. Por un lado, Gobierno y Estado. Y por otro lado confundienco una asignatura con no sé qué, porque no me ha quedado claro qué es lo que critican de la materia. Del resto sí, que quieren seguir nombrando y controlando, despidiendo y contratando a su antojo a los profesores de religión, pero pagando todos los españoles. No voy a entrar en el laicismo que debe tener la enseñanza pública, ni en el lío de la concertada, pero sí en las críticas a la misión moralizadora. La Iglesia acusa al Estado de quererse arrogar un derecho de las familias. Si las familias son las educadoras morales, ¿qué tienen los obispos que decir? Los obispos no tienen familias. ¿Por qué hablan en nombre de ellas?
El Estado no debe educar moralmente, debemos hacerlo nosotros, los curas. Ea, ahí queda.
martes, 2 de junio de 2009
Sobre las audiciencias II
Sí resultan muy interesantes las reflexiones sobre el intercambio y la interacción que pueden propiciar estos nuevos canales. Ya no se trata de pedirle datos, que produce rechazo, sino de interactuar, saber leer los gustos y preferencias, construir sentido, comunicar. Pueden estar basados en algoritmos, como nos mostraba Fernando Bermejo, pero el resultado es un canal a medida. No puedo evitar referirme a los peligros de esta televisión a la carta siguiendo las advertencias de Cass Sunstein, en República.com. Si no tenemos un sustrato común de experiencias, difícilmente podíamos tener un destino común, o una confluencia de intereses necesarios para la vida en común o para una Estado funcional. Aquellos sentimientos morales de los que hablaba el profesor Callejo podrán estar tan fragmentados que todo produzca rechazo en alguien, y nada sea aceptado por el común. En la experiencia en común es donde se fragua la intimidad, no en la soledad, en la complicidad entre las personas, o, siguiendo los dictados de estas nuevas prácticas, en la complicidad entre el anunciante y el anunciador.La perspectiva de las audiencias que se identifican con una identidad es quizá el primer paso hacia esa complicidad íntima entre el medio y el receptor, cuando éste se convierta en emisor, y el propio medio sea el receptor. El peligro de la identidad está en la exclusión, en la dinámica entre sentirte identificado con el otro, y sentirte identificado con según qué otros. Se puede fomentar una identidad corporativa, grupal, étnica, o se puede aspirar kantianamente a la identidad como individuo shakespeariano: si me pinchan, ¿no sangro?La sociedad del espectáculo que Debord denunciaba en los albores del período catódico ha ido transformándose y ha pasado a ser una sociedad del simulacro (Braudillard). La interacción con los espectadores no es más importante que en La Clave, donde una asistenta filtraba las preguntas para que los invitados de José Luís Balbín, pudieran desarrollar sus tesis. La cultura del sms subtitulado es el simulacro de participación. La audiencia simulada de Tengo Una Pregunta Para Usted, podría salirse de la trama del guión, como los gritos de la gente en las retransmisiones (que ahogaba Urdaci, o que silenciaban en Alanís de la Sierra). Puede ser el vaso medio lleno en un 1984 en el que todo esté comprobado por los Programadores.Foucault incita a la sospecha de que el poder no sólo utiliza métodos represivos, sino que también la propia clasificación es una forma de control. Si eres identificado como “clase media”, ese estigma te acompañará, no sólo sociodemográficamente, sino en gustos, tendencias y disfrutes (Bourdieu). Si ahora, ahondan más en tu interior, en tus gustos, en lo que te sales de tu clase, o cumples las expectativas, si son capaces de comprobar en tu subsconsciente cuáles son tus más íntimos deseos, tu zapping de libido, hay que estar alerta. No te van a ofrecer lo que necesitas, lo que anhelas, sino que conocerán mejor tu funcionamiento para venderte, para crearte necesidades, para manipularte. Para controlar a la naturaleza hay que obedecer a la naturaleza. No imagino un comité secreto de programadores y publicistas que planeen el asalto al poder mundial, pero sí que, como en una pesadilla foucaultiana de 1984, todas las estrategias confluyan en lo mismo. Un mundo en el que todo lo que pensemos estará determinado por el consumo. No te preguntan cuánto ganas o qué periódico lees para entablar una conversación, lo hacen para poder venderte. En ambos sentidos, te venden cosas, y tú eres vendido a otras empresas para que, usando tus datos, puedan diseñar estrategias de venta personalizada. Este mundo ya ha empezado, como contaba Fernando Bermejo, no interesa tu perfil sociodemográfico, sino tu perfil de intereses, que se puede deducir del discurso que haces.Para escapar, parece que sólo queda utilizar estas estrategias como guerrillas, semiológicas, propagandísticas, o publicitarias. Subvertir el orden utilizando los propios métodos. Hasta que, como los vaqueros gastados y rotos se puedan comprar nuevos en e-bay. Dar la voz a la audiencia, que era, no hace tanto, un slogan político, puede convertirse en un gran estudio de focus group. Toda la audiencia es un grupo de discusión de tus propuestas y productos.
lunes, 1 de junio de 2009
Sobre las audiencias
En un seminario reciente sobre el estudio de las audiencias, el profesor Callejo comenzó planteando un enfoque, a priori, novedoso dentro del estudio de las audiencias. Tanto el propio concepto de audiencia como el otro relacionado, la moral, son términos de poco prestigio social en el mundo de la modernidad líquida (Bauman) o del posdeber (Lipovetsky). Nadie se atreve a moralizar si no quiere ser tachado con nombres muy feos –al menos en Europa, en los EE.UU. la moral majority-, de la misma forma que nadie somos audiencia. La audiencia son los otros. El infierno son los otros. Pero son los otros-significativos. En una comunicación necesitamos crear vínculos de conexión con los demás, de una manera imperiosa si queremos que la información –referencial, moral, conativa- llegue a su destino y surja su efecto. La famosa función fática tiene ese cometido. Miles de adolescentes pasan la tarde con el Messenger abierto sin otra cosa que decir que “¿estás ahí?”, “¿qué me cuentas?”. Es imprescindible mantener el contacto. La propuesta del profesor Callejo consiste en vincular esa conexión con los contenidos morales.Si bien es cierto que ni las concepciones liberales (coste/beneficio), ni la apocalíptica (la reproducción), ni incluso los cultural studies de la identidad tienen en consideración que la “audiencia” pueda tener un papel activo fuera del mando a distancia. Asumen, son convencidos, comparten los valores transmitidos por los medios, apenas si son capaces de seleccionar. ¿Cuáles son los criterios que pueden llegar a convencer a Homer de que cambie de canal sin levantarse del sofá? Una propuesta: la audiencia como Sujeto Moral.La concepción de Moral que Callejo propone es paralela al liberalismo original. Adam Smith imagina una sociedad en la que, sin regulaciones, los mecanismos del mercado sean capaces de poner en marcha la fabricación de los productos necesarios para la satisfacción general. A mis alumnos, para que puedan hacerse una idea de la potencia de estos mecanismos los ilustro con cuentos[1], Adam Smith es consciente de que se trata de una simplificación, pero muy poderosa. Parte de que el hombre ha dejado de ser malo, como defendía Hobbes, para ser un egoísta inteligente (Savater), un egoísta no es un malvado, no busca hacer el mal –ni el bien-, sino su beneficio. También supone que todos los hombres buscan la felicidad, identificada generalmente como un estadio en el que predomina el placer sobre el dolor. Y lo más importante, identifica la felicidad con la riqueza. Este es un concepto que muy pocos alumnos tienden a apoyar desde el principio. Pero mostrándolo al revés no deja de ser un buen argumento. Quizás el dinero no dé la felicidad, pero es muy difícil ser feliz sin riqueza[2]. Esta concepción antropológica, como la de Hobbes, tiene la increíble capacidad de convertirse en profecía que se autocumple. Si pensamos, como Hobbes que el Hombre es malo, actuaremos a la defensiva, y esto hará que el otro se defienda, creando un círculo vicioso de sospechas. Si piensas que la riqueza es lo básico, y que el Hombre es lo básico, actuarás en consecuencia y nada ni nadie podrá convencerte de que el hombre puede actuar de otro modo.La Teoría de los Sentimientos Morales es una obra importante dentro del pensamiento de Smith y presupone que los sentimientos morales están guiados por la simpatía (ahora diríamos empatía). Ahí está el origen del resto de sentimientos, la indignación, la venganza… todos provienen de la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Origen, por cierto, de propuestas tan divergentes del liberalismo neocon como la Teoría de la Justicia de Rawls o la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas. La concepción de Smith de falta de regulación se entiende también aquí aplicada, la menor regulación posible de los sentimientos morales es la simpatía, ya constataba que para la venta de tomates no es necesario el amor del comprador por el vendedor, pero sí, al menos, que este último no sufra un rechazo. Las campañas de sensibilización frente al uso del trabajo infantil de las grandes marcas explotaron la indignación, no el amor. La sociedad no necesita el amor para funcionar, pero no puede hacerlo con el odio. Callejo traspone los términos: el producto no necesita el amor para que funcione, pero no puede funcionar con el odio.Smith parece tener alergia a la beneficencia, no concibe que pueda funcionar el altruismo. No es un moralista, no pretende elaborar un catálogo de normas de buen funcionamiento, sino que pone a la moral en el mercado: la simpatía por la víctima en la medida que uno puede ser víctima también. No le dice a nadie que debe ser bueno ni cómo hacerlo, sino que se limita a comprobar que la gente aprueba o desaprueba ciertos aspectos. Por eso prefiere el término de sentimientos morales, no de deberes. Esto es un punto de coincidencia con la sociedad actual, alérgica a los deberes y reclamadora de derechos.Los programas bienintencionados de fomento de valores, los espacios infantiles de educación en valores, dentro del paradigma de Smith tienen poca funcionalidad. Es más probable que funcionen los estímulos que producen rechazo, como demuestran los estudios cualitativos de la audiencia. Los espectadores rechazan ciertos contenidos por destapar su indignación más que apoyar productos que fomenten valores positivos. Estos últimos serían una plusvalía marginal en igualdad de condiciones.Del estudio del secreto y de la sexualidad foucaltiana he comprendido que hay diferentes mecanismos para dotar de una plusvalía simbólica a los productos. Los hay muy evidentes, como asociar un producto (o una persona) a algo positivo, natural, guapo, original, sano… y funcionan, qué duda cabe, pero también existe lo que podría llamarse una plusvalía simbólica paradójica. El secreto, o la represión, que deberían ocultar, que deberían ser un estímulo aversivo, se muestran como poderosos estimuladores de la curiosidad y son capaces de destapar el deseo, de dirigir las máquinas deseantes y reterritorializarlos (Deleuze/Guattari), de la misma forma que la disminución en la oferta, no sólo sube los precios, sino que estimula la demanda al convertir en escaso un bien. La plusvalía simbólica positiva incluiría aquellos programas o contenidos de valores familiares, positivos –o competitivos, dependiendo del público elegido como target-, que, según la teoría de Smith/Callejo, no tendrían una eficiencia notable. Si embargo, la plusvalía simbólica negativa, podría acabar con la emisión de cualquier programa. Cabría esperar que también se dieran fenómenos de plusvalía paradójica, como los personajes malvados que despiertan masas de audiencia: el doctor House, Angela Channing, JR, Risto Mejide
______[1] Comienzo con la concepción del Ancien Régime de que la riqueza es mala y luego paso a ponerles algunos ejemplos de cómo podría esto funcionar. Si por curiosidad alguien quiere conocerlos El pueblo y el hada (concepción tradicional sobre la riqueza), La fábrica de helados en Alaska (la mano invisible), La mejor del barrio (los problemas de la acumulación), El lago (la paradoja del free rider).[2] Como decía Mae West, “El dinero no da la felicidad, pero calma los nervios”, o Manolito, el amigo de Mafalda “El dinero no da la felicidad, pero me encanta la maña que se da para imitarla”. Y mi cita preferida “Para ser feliz son necesarias pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”, de Marx, Groucho Marx
______[1] Comienzo con la concepción del Ancien Régime de que la riqueza es mala y luego paso a ponerles algunos ejemplos de cómo podría esto funcionar. Si por curiosidad alguien quiere conocerlos El pueblo y el hada (concepción tradicional sobre la riqueza), La fábrica de helados en Alaska (la mano invisible), La mejor del barrio (los problemas de la acumulación), El lago (la paradoja del free rider).[2] Como decía Mae West, “El dinero no da la felicidad, pero calma los nervios”, o Manolito, el amigo de Mafalda “El dinero no da la felicidad, pero me encanta la maña que se da para imitarla”. Y mi cita preferida “Para ser feliz son necesarias pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”, de Marx, Groucho Marx
domingo, 31 de mayo de 2009
La caridad y el secreto
Según la doctrina cristiana, el secreto es básico para la caridad, “que tu mano derecha no sepa qué hace la izquierda”. Es un tipo. En los USA no, y se hacen públicas y notorias las listas de contribuyentes y benefactores de cualquier entidad, fundación o museo. Eso, en principio puede hacer desconfiar, “lo hace interesadamente”.Para que sea caridad auténtica las intenciones deben ser obvias y la identidad, secreta. En el resto de los asuntos, por el contrario, la autenticidad de las acciones está salvaguardada por la publicidad de las intenciones. Si las intenciones son secretas, todos desconfías.En la caridad y en la ciencia sucede lo contrario, las intenciones son secretas, o, al menos, no son explícitas. Woolgar, en Abriendo la caja negra lo ejemplificaba, no es lo mismo enunciar la ley de la gravedad, que decir que es una teoría de Newton, lo que ya hace desconfiar, que enunciarla diciendo, “A Newton le interesa decir…”.
martes, 31 de marzo de 2009
Esto de estudiar tiene sus ventajas. Aprende uno mucho. De la vida y de sus peligros. Un ejemplo es la polémica sobre la Educación para la Ciudadanía, que si Dios quiere tendré que impartirla el año que viene (¡y entonces me mandará al infierno!). Pues bien, acabo de leer un texto interesantísmo que me gustaría compartir.
¡Una cosa es determinar por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc. y velar por el cumplimiento de estas prescipciones legales mediante inspectores del Estado, como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del Gobierno!
Totalmente de acuerdo, Fede, el Gobierno no debe intervenir en estas cosas. Ya lo han anunciado los obispos oficialmente. El Estado no puede suplantar a la sociedad como educador de la conciencia moral. Los padres no podemos permitirlo.
El problema, o la gracia, según se mire, es que el texto de arriba no lo ha escrito Federico Jiménez Losantos, sino un Fede distinto, Frederic Engels, o su amigo Karl Marx. Pertenece a la Crítica al programa de Gota y termina
Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia!
Da la impresión de que la Iglesia ataca al Estado confundiendo varias cosas. Por un lado, Gobierno y Estado. Y por otro lado confundienco una asignatura con no sé qué, porque no me ha quedado claro qué es lo que critican de la materia. Del resto sí, que quieren seguir nombrando y controlando, despidiendo y contratando a su antojo a los profesores de religión, pero pagando todos los españoles. No voy a entrar en el laicismo que debe tener la enseñanza pública, ni en el lío de la concertada, pero sí en las críticas a la misión moralizadora. La Iglesia acusa al Estado de quererse arrogar un derecho de las familias. Si las familias son las educadoras morales, ¿qué tienen los obispos que decir? Los obispos no tienen familias. ¿Por qué hablan en nombre de ellas?
El Estado no debe educar moralmente, debemos hacerlo nosotros, los curas. Ea, ahí queda.
¡Una cosa es determinar por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc. y velar por el cumplimiento de estas prescipciones legales mediante inspectores del Estado, como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del Gobierno!
Totalmente de acuerdo, Fede, el Gobierno no debe intervenir en estas cosas. Ya lo han anunciado los obispos oficialmente. El Estado no puede suplantar a la sociedad como educador de la conciencia moral. Los padres no podemos permitirlo.
El problema, o la gracia, según se mire, es que el texto de arriba no lo ha escrito Federico Jiménez Losantos, sino un Fede distinto, Frederic Engels, o su amigo Karl Marx. Pertenece a la Crítica al programa de Gota y termina
Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia!
Da la impresión de que la Iglesia ataca al Estado confundiendo varias cosas. Por un lado, Gobierno y Estado. Y por otro lado confundienco una asignatura con no sé qué, porque no me ha quedado claro qué es lo que critican de la materia. Del resto sí, que quieren seguir nombrando y controlando, despidiendo y contratando a su antojo a los profesores de religión, pero pagando todos los españoles. No voy a entrar en el laicismo que debe tener la enseñanza pública, ni en el lío de la concertada, pero sí en las críticas a la misión moralizadora. La Iglesia acusa al Estado de quererse arrogar un derecho de las familias. Si las familias son las educadoras morales, ¿qué tienen los obispos que decir? Los obispos no tienen familias. ¿Por qué hablan en nombre de ellas?
El Estado no debe educar moralmente, debemos hacerlo nosotros, los curas. Ea, ahí queda.
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